Los Cerveceros ganaron la Serie Mundial venciendo a Tampa Bay por cuatro juegos a uno y escribieron la página más grande de su historia.
San Petesburgo, Florida, 28 de octubre.- Hay equipos que nacen para ganar y otros que tienen que aprender a esperar. Los Milwaukee Brewers hicieron las dos cosas: persiguieron un sueño durante décadas y, cuando la puerta del cielo se abrió, llegaron con el bate en la mano y los nervios bien puestos.
Este miércoles, en Tampa Bay, los Cerveceros dejaron de ser ese equipo que siempre tenía una cuenta pendiente con la historia. Derrotaron en la serie 4-1 a los Rays en el quinto juego de la Serie Mundial y se llevaron a casa el campeonato que durante tantod años había anhelado.
¡Y vaya manera de estrenarse en la gloria!
No hubo necesidad de un batazo de película en la última entrada ni de una remontada milagrosa. Milwaukee entendió que las grandes hazañas no siempre necesitan fuegos artificiales: a veces basta con tomar ventaja, cuidar la casa y no soltar el partido ni aunque el corazón empiece a galopar.
Si había un brazo encargado de sostener la ilusión de Milwaukee, ese era el de Jacob Misiorowski.
El joven lanzador salió al montículo con una misión que pesaba toneladas: poner a los Cerveceros a tres outs de la gloria definitiva, aunque todavía faltara recorrer buena parte del camino.
Y respondió como responden los grandes cuando la ocasión no admite pretextos.
Misiorowski trabajó cinco entradas y dos tercios sin permitir carrera, aceptó apenas dos imparables y mantuvo a raya a una ofensiva de Tampa Bay que buscaba cualquier rendija para meterse en la pelea. Se marchó antes de tiempo por calambres en la pantorrilla derecha, pero dejó el trabajo hecho y el partido bajo control.
No necesitó lanzar un juego perfecto. Necesitó lanzar el juego que su equipo le estaba pidiendo.
Y eso, en una Serie Mundial, vale oro molido.
Mientras Misiorowski cerraba la puerta desde la lomita, Cooper Pratt se encargaba de ponerle números a la ilusión.
El joven infielder impulsó la primera carrera de Milwaukee con un sencillo en la segunda entrada. Después, en la quinta, David Hamilton produjo la segunda anotación y amplió la ventaja.
El golpe que terminó de inclinar la balanza llegó en el sexto episodio. William Contreras conectó un doblete productor y, más adelante, Pratt elevó un sacrificio de aire que permitió a Contreras cruzar el plato para el 4-0.
Dos carreras impulsadas para Pratt, dos golpes de autoridad y una actuación que lo metió en los registros de la Serie Mundial: el novato extendió a seis su racha de turnos consecutivos conectando de hit, un récord para un debutante en el Clásico de Otoño.
Y otro de los nombres que explican la coronación fue William Contreras, elegido Jugador Más Valioso (MVP) de la Serie Mundial. Su aporte fue fundamental para Milwaukee, que encontró en el receptor venezolano una pieza decisiva en el camino hacia la primera corona de su historia.
Los Rays también tuvieron su momento de orgullo.
Después de sobrevivir al juego anterior con una remontada dramática en la duodécima entrada, Tampa Bay salió a buscar otra noche imposible. Pero esta vez la ventaja de Milwaukee fue demasiado grande y el pitcheo de los Cerveceros no permitió que el intento se convirtiera en amenaza definitiva.
En la novena entrada, Liam Hicks conectó un doble y Chandler Simpson lo imitó para producir la única carrera de Tampa Bay. La afición todavía podía imaginar una última sacudida, pero Trevor Megill consiguió el rodado de Richie Palacios que terminó con el partido.
Se acabó.
No hubo otra vuelta de tuerca, ni otro milagro, ni otra noche para aplazar la despedida.
Los Rays pelearon hasta el último out, pero el campeonato ya tenía dueño.
Milwaukee había disputado una Serie Mundial en 1982 y se había quedado a un paso de la gloria, derrotado por San Luis en siete juegos. Ahora, 44 años después de aquella herida, la franquicia encontró la manera de cerrar el círculo.
El título también coronó una temporada extraordinaria: los Cerveceros terminaron con el mejor récord de las Grandes Ligas, con 103 victorias y 59 derrotas, antes de conquistar el banderín de la Liga Nacional y superar a Tampa Bay en el Clásico de Otoño.
No fue un campeonato regalado por el destino. Fue una temporada construida entrada por entrada, con talento, profundidad y la capacidad de levantarse cuando el camino se puso cuesta arriba.
Y si alguien pensaba que la derrota del juego anterior podía meterles dudas, Milwaukee respondió con cuatro carreras, un abridor dominante y una defensa que, esta vez, sí encontró la manera de cerrar la puerta.
Porque hasta los equipos más fuertes necesitan demostrar de qué están hechos cuando la fiesta se les queda a un juego de distancia.
El último out cayó y, con él, se rompieron 57 temporadas de espera.
Los Cerveceros ya no tienen que explicar cuánto desean una Serie Mundial. Ya no necesitan imaginar cómo se siente levantar el trofeo ni vivir de recuerdos ajenos. Ahora pueden contarlo ellos mismos.
Hubo un brazo que resistió, un muchacho que produjo, un equipo que no se descompuso y una ciudad que por fin tiene una noche para guardar en la memoria.
En el béisbol, como en la vida, no siempre gana quien llega primero a la puerta. A veces gana quien tiene la paciencia para volver a tocarla, la valentía para no rajarse y el carácter para cruzarla cuando finalmente se abre.
Milwaukee esperó 57 temporadas. Y cuando llegó su hora, no pidió permiso.
Los Cerveceros ya tienen su primera Serie Mundial.
Y esta vez no hay mañana que esperar: la historia ya se escribió.
Imágenes: Facebook Milwaukee Brewers
