Ciudad de Mexico, 5 de julio.- La selección nacional volvió a competir. Volvió a ilusionar. Volvió a demostrar que puede mirar de frente a una potencia mundial. Pero, una vez más, cuando llegó el momento de dar ese golpe de autoridad que distingue a las selecciones grandes, el desenlace fue el mismo: una dolorosa eliminación.
El Tricolor cayó 3-2 ante Inglaterra en unos vibrantes octavos de final del Mundial 2026, en un partido que confirmó el crecimiento futbolístico del equipo de Javier Aguirre, pero también dejó al descubierto la asignatura pendiente que persigue a esta generación: transformar las buenas actuaciones en victorias históricas.
Durante varios pasajes del encuentro, México fue valiente. Presionó, atacó y encontró espacios para incomodar a un rival plagado de figuras. Incluso después de verse abajo en el marcador por el doblete relámpago de Jude Bellingham, el conjunto nacional reaccionó con carácter gracias a los goles de Julián Quiñones y Raúl Jiménez, manteniendo vivo el sueño hasta el silbatazo final.
La expulsión de Jarell Quansah parecía abrir la puerta para la remontada, pero ni siquiera jugar con un hombre más durante buena parte del segundo tiempo fue suficiente. Inglaterra encontró el tercer tanto desde el punto penal por conducto de Harry Kane y, aunque México volvió a acercarse también desde los once pasos, la reacción quedó incompleta. Los ingleses resistieron el asedio final y sellaron su pase a los cuartos de final.
La sensación que deja esta eliminación es distinta a muchas del pasado. No hubo un equipo superado de principio a fin; hubo uno que compitió, que generó oportunidades y que por momentos hizo ver incómodo a uno de los candidatos al título. Sin embargo, el fútbol no premia las sensaciones, sino la contundencia. Y ahí sigue estando la diferencia entre competir y trascender.
México abandona su Mundial con argumentos para ilusionarse por el nivel mostrado durante el torneo, pero también con una reflexión inevitable: mientras las buenas exhibiciones no se conviertan en triunfos frente a las potencias, el ansiado salto de calidad seguirá siendo una promesa y no una realidad.
El Tri estuvo cerca de escribir una página inolvidable. Peleó hasta el último minuto, hizo creer a todo un país y estuvo a la altura del escenario. Pero el fútbol, una vez más, recordó que para ser considerado un grande no basta con jugar bien; hay que ganar los partidos que cambian la historia.
Imágenes: Portal FIFA y Selección Mexicana de Fútbol
