San Nicolás de los Garza, Nuevo León, 21 de agosto.- Hay victorias que se celebran por el cómo.
Y hay otras que se celebran simplemente porque, caray, ¡ya hacía falta ganar!
Tigres necesitó esperar 23 días desde la salida de Guido Pizarro, cambiar de entrenador, mover piezas en la estructura deportiva y aguantar nueve partidos consecutivos sin conocer la victoria.
Y cuando por fin llegó el triunfo, tampoco fue precisamente una obra de arte.
Pero a estas alturas, en el Universitario nadie estaba para ponerse demasiado exigente.
Tigres le ganó 2-0 al Atlante y respiró.
Y sí: por fin ganó Tigres.
Aunque haya que decirlo como es…. No fue para echar las campanas al vuelo.
El equipo de Víctor Manuel Vucetich —que apenas llevaba unas horas al frente— tuvo que trabajar horas extras para encontrarle la vuelta a un Atlante que, con un hombre menos desde el primer tiempo, se defendió con uñas y dientes.
Tigres tuvo la pelota, tuvo espacios y tuvo superioridad numérica, pero durante muchos minutos volvió a aparecer ese equipo que juega con el freno de mano puesto.
Faltó claridad.
Faltó confianza.
Y, sobre todo, faltó ese futbol que alguna vez convirtió al Universitario en una aduana donde pasar era casi misión imposible.
La afición incluso despidió con abucheos el primer tiempo.
Porque el problema ya no era solamente no ganar: era la sensación de que Tigres todavía no sabe muy bien a qué quiere jugar ni con quién quiere hacerlo.
Pero entonces llegó el momento que cambió la historia de la noche apareció, de nueva cuenta, el único jugador viviente de la dinastía ganadora de Tigres
Porque antes de que los felino pudiera festejar un gol, estuvo a punto de lamentar uno en contra.
Atlante tuvo en sus manos la posibilidad de ponerse arriba desde el punto penal.
Y ahí apareció Nahuel Guzmán.
El argentino se plantó frente al cobrador, aguantó, esperó y terminó deteniendo el disparo.
Y ese penal no fue una jugada más. Fue el parteaguas del partido.
Porque si Atlante convierte, quién sabe qué habría pasado.
Tigres ya venía jugando con dudas, con la presión de nueve partidos sin ganar y con una afición que comenzaba a desesperarse. Un gol en contra en ese momento podía haber convertido el partido en otra noche de terror.
Pero Nahuel dijo que no.
Y, de repente, el partido cambió de dueño emocionalmente.
Tigres recuperó aire.
Atlante perdió una oportunidad de oro.
Y el viejo guardián que tantas noches salvó al equipo volvió a aparecer cuando más se le necesitaba.
Paradójicamente, mientras Tigres intenta construir una nueva historia, el último sobreviviente de la vieja historia volvió a escribir una página importante.
Y unos minutos después… Tigres anotó
Rodrigo Aguirre recibió de Brunetta y definió con potente disparo para quitarse una tonelada de presión de encima.
¡Gol de Tigres!
Y entonces sí, el Volcán respiró.
Después de tantos partidos, tantos intentos y tantas frustraciones, el balón finalmente terminó en la red.
No fue solamente el 1-0.
Fue el momento en que Tigres comenzó a creer que aquella noche, por fin, podía terminar diferente.
Brunetta, ya en la recta final, puso el segundo con una volea que terminó de apagar al Potro y de encender una noche que, hasta ese momento, parecía destinada a otro empate de esos que saben a derrota.
2-0. Se acabó la malaria.
Y aquí hay que poner las cosas en su lugar.
No se puede hablar todavía de “la mano de Vucetich” porque, siendo honestos, el hombre prácticamente llegó, se presentó, se puso el pants y dirigió.
Víctor Manuel Vucetich llegó para tomar las riendas de un equipo que necesitaba urgentemente recuperar confianza.
Así que pedirle una revolución futbolística después de unas cuantas horas de trabajo sería como pedirle a alguien que llegue a una carne asada y en diez minutos ya tenga lista la discada, las tortillas y hasta el karaoke.
No.
Esto apenas empieza.
Lo importante para Vucetich esta noche no era reinventar a Tigres.
Era ganar.
Y ganó.
Porque a este Tigres le hace falta mucha confianza.
Muchísima.
Porque cuando un equipo entra en una racha como ésta, hasta el pase más sencillo comienza a pesar.
El delantero piensa demasiado antes de tirar.
El mediocampista duda antes de filtrar.
El defensor deja de jugar seguro.
Y la grada comienza a impacientarse a la primera pelota perdida.
Es una bola de nieve.
Por eso esta victoria vale más de lo que dice la tabla.
No porque Tigres haya jugado como campeón.
Sino porque ganar era una necesidad psicológica.
Y esta noche, aunque sea con alfileres, el equipo dio el primer paso.
Tigres ganó, sí.
Pero todavía está lejos de ser aquel equipo que metía miedo con solamente anunciar la alineación.
Este Tigres necesita futbolistas de peso.
Necesita personalidad.
Y particularmente necesita más argumentos arriba.
Porque Brunetta puede ponerse el traje de figura, Aguirre puede aparecer en momentos importantes y hay jugadores capaces de resolver partidos, pero si la intención es volver a competir por títulos, hace falta mucho más.
Hace falta profundidad.
Hace falta gol.
Hace falta alguien que cuando el partido esté trabado diga:
“Quítense, yo me encargo.”
Ese tipo de jugador que antes abundaba en Tigres y que hoy comienza a escasear.
Y quizá ésta sea la parte más difícil de aceptar para el aficionado felino.
La gran dinastía de Tigres se fue apagando poco a poco.
Uno por uno fueron saliendo los nombres que hicieron historia.
Y hoy, de aquella generación que convirtió al equipo en protagonista permanente del futbol mexicano, solamente queda Nahuel Guzmán.
Y esta noche volvió a demostrar por qué sigue siendo tan importante.
Porque mientras Tigres busca desesperadamente construir el siguiente capítulo, el último gran sobreviviente del capítulo anterior todavía está ahí, bajo los tres palos.
Y esta noche, su atajada desde el punto penal puede terminar siendo mucho más importante de lo que parece.
Porque quizá no fue el gol que ganó el partido.
Pero fue la jugada que evitó que Tigres perdiera el control del encuentro.
Hoy no fue bonito, era necesario.
Y quizá ésa sea la mejor manera de resumir esta noche.
Tigres no jugó para enamorar.
Jugó para sobrevivir.
Jugó para quitarse una piedra de la espalda.
Jugó para que el vestidor pudiera volver a escuchar la palabra victoria sin que sonara a recuerdo.
Después de nueve partidos sin ganar, nadie en el Universitario estaba esperando una sinfonía.
Querían tres puntos.
Y ahí están.
Tres puntos que no solucionan nada, pero que pueden ser el inicio de muchas cosas.
Porque este Tigres todavía tiene problemas.
Todavía tiene dudas.
Todavía necesita encontrar su mejor versión.
Todavía necesita refuerzos de peso.
Y todavía tiene que descubrir qué quiere ser después de aquella generación que lo convirtió en uno de los grandes protagonistas de la última década.
Pero esta noche, al menos, dejó de caminar hacia atrás.
23 días esperando entrenador.
Nueve partidos sin ganar.
Un penal que pudo cambiarlo todo.
Un Nahuel que volvió a aparecer.
79 minutos esperando un gol.
Y 90 minutos para volver a recordar cómo se siente ganar.
No fue una obra maestra. No fue el Tigres de antes.
Pero después de tanta espera, esta noche nadie estaba para hacerle el feo a la victoria.
Porque en el futbol, a veces, como bien sabemos…primero ganas; luego ya vemos cómo le hacemos para jugar bonito.
Y Tigres, por fin, volvió a ganar.
Imágenes: Facebook Tigres Oficial
